domingo, abril 22, 2012

Noche de presagios, no salgas esta noche

luna

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En la tarde estuvo oyendo “La hora Cridens” en “Radio Capital, la discoteca de la gente joven”. Después se levantó de la hamaca y se abrochó los botones de la camisa verde pistache que había estrenado hace poco. Se enzapató y se salió a buscar a los cuates, a ver a quién encontraba dispuesto a echarse unas chelas. Cuando caminaba por la calle División del Norte regresó a ver a ver la montaña azul que quedaba hacia el norte y como ya se había metido el sol se podía ver que ahora habría luna temprana. Entonces tuvo el primer presentimiento de esa noche: “veo una mala luna levantarse en el horizonte”, pensó. Malos tiempos se anuncian.

En el Restaurant enfrente del Cine Álvarez se encontró a unos de la Pintada (así le decían a la colonia que oficialmente llegó a ser la Juan Álvarez). Estos lo conocían y lo querían aunque no eran el grupo con el que frecuentemente se juntaba. Se dio una vuelta por La Sonaja pero era aún muy temprano y en lo que después fue Las Vegas oyó la rockola tocando una cumbia con pretensiones de calentar el ambiente. En su cerebro oía una rola de Cridens, la última que oyó en Radio Capital y que le decía “No salgas esta noche, puedes perder la vida”. Sintió otra vez un leve escalofrió y prefirió no entrar al tugurio. Agarró la desviación para volver a la avenida Juan Álvarez y pensó meterse a los Billares Orbe de lo que desistió agarrándose la boca al recordar un puñetazo que le dieron en el hocico en la última borrachera en ese lugar. “Problemas a la vista” se dijo. Emprendió el camino de regreso pensando que por hoy sería mejor hacerle caso a los presagios. Sintió una mano en el hombro ¡Chava! Le dijeron. Oh, Cris Cras, pensó. Tiu leit. Me hubiera ido desde hace rato. Mientras se veía en los ojos de quien le había hablado se vio sentado con sus primos y vecinos recargados en la pared de la casa de sus abuelos, en una noche como esta, oyendo los cuentos que contaban los más grandes.

Una de esas noches vieron como los grandes salían de sus casas y empezaban a otear el cielo. “¡Ya va a empezar!” gritó alguien. Salió un tropel de gente grande y se juntaba en la calle y en los patios. Los niños se pararon de inmediato y fueron a unirse a los demás y a voltear para arriba, al cielo, a ver qué es lo que veían los demás. ¡Ya va a empezar! Dijo otro y el eco se repitió como murmullo en otros lugares cercanos. ¡Sácate los trastes! Le dijo una madre a su hija. En otras calles se habían puestos más listos y se empezó a oír el golpeteo de los sartenes y las tinas. Tan Tan Tan. En unos momentos el ruido se generalizó en todas partes y Chavita corrió a su calle, a la Anáhuac a refugiarse con su mamá. ¡Dónde vas, Chava! Le gritó su primo El Greñas. Orita vengo, dijo.

Por toda la calle División del Norte, hacia abajo, en donde entroncaba con la Calle Florida, había gente afuera de sus casas con un traste en una mano y un garrote en la otra golpeando. En su calle Anáhuac el panorama no era distinto. ¡Ten hijo!, le dijo su abuela Joaquina mientras le daba un palo y una tina: ¡golpéale fuerte! Si Chava hubiera estado más grande le hubiera contestado “Ni madres” pero esa noche recibió los instrumentos y los puso en el suelo y vio como el ruido se generalizaba más. Un ruido espantoso. Para acabarla de amolar los perros se habían espantado y ladraban o aullaban. Uno de los vecinos tomó un machete y macheteaba a la tierra mientras murmuraba una letanía repetitiva. Chava oyó que lo que repetía era “Déjala, maldita, déjala piche Tierra; déjala maldita, déjala pinche tierra”.

¿Se’stá perdiendo el mundo, Amá? Se dirigió a Doña Reyna. ¡Bah!, pura pendejada, le contestó ella. “La Tierra se está comiendo a la Luna”, le dijo su papá. Chavita volteó hacia el cielo y en efecto, solo quedaba un pedacito de luna. “Ya se lastá-cabando”, gritó espantado y corrió a agarrar los instrumentos que le dio su abuela y le pegó con todas sus fuerzas a con un palo a la tina uniéndose a aquel torbellino de ruido de tinas, machetazos al suelo, ladridos de perros y murmullos y rezos de los mayores. Le pegaba a la tina y rezaba “déjala, maldita, déjala maldita”.

Tanto esfuerzo se vio coronado con el éxito: la luna volvió a aparecer triunfante y ahora brillaba hermosamente en la noche. Es un eclipse, le dijo su abuela. Todo este asunto del ruido es lo que hace la gente para que la Tierra no se coma a la luna. Es puro cuento, nunca se la come. Es normal. “Pero tu me dijiste que golpeara la tina”, le dijo el nieto a la abuela. Sí, pa que te diviertas y lo recuerdes cuando seas grande. No hagas caso, le dijo el vecino que había macheteado a la tierra. Hoy ganamos pero quién sabe si algún día nos quedemos sin luna.

--Qué tienes—Oyó que le preguntaba aquella persona y Chava volvió a la realidad afuera de Los Billares Orbe. Nada, ya me voy. No puedo ir contigo. Me regreso a mi casa, tengo algunas cosas que hacer. ¿Y las chelas? No, tengo un mal presentimiento. No debo estar en la calle hoy. Ahí nos vemos. Se tiró en la hamaca y buscó Radio Capital. Nada. Otras estaciones, nada. Radio Variedades. Nada. Solo noticias: esta noche habrá eclipse de luna. Ya va a empezar, se dijo y añoró su niñez temprana en que a esta hora ya deberían empezar a salir los vecinos a sus patios con los instrumentos para golpear tinas y machetes para machetear la tierra y evitar que la Tierra se comiera a la Luna. Hasta los perros habían dejado esa tradición: ya no se oían sus ladridos. No supo cómo se fue quedando dormido en la hamaca. Quizá fue en su cerebro la guitarra de los crídens anunciando malos tiempos o el murmullo de aquel vecino rezando “déjala, maldita; déjala pinche tierra”.

sábado, marzo 10, 2012

Mi pecho, mi mente, mi corazón.

Examen II

Examen final en la Academia Comercial July, 1973

No soy original en esto como tampoco en otras cosas: en mis noches calladas me salía a la piedra que estaba donde después hizo su casa Chucha y desde allí veía el cielo estrellado. Eso era fácil porque no había tanta luz de la ciudad y nosotros vivíamos en lo que en ese tiempo era la orilla del pueblo. Allí, a mis 15 años, pensaba cosas que se piensan a los quince. Y yo no lo sabía pero estaba a un año de iniciar mi aventura de la vida: dentro de un año dejaría la adolescencia y me convertiría en adulto joven. Al escuchar en el radio el grito de la introducción de Felipe Reyes (¡Aquí está Felipe Reyes, el amigo del pueblo!) entonces me metía y me acomodaba en mi catre y me ponía a oír la radionovela. Después, cuando me acomodaba de costado para dormirme empezaba “Amor del Bueno” cuyo fondo musical era una canción de Cuco Sánchez. Antes de dormir veía el techo de la “casa” que habitábamos sin saber también que pronto, a un año y medio, vería en ese techo el rostro de la persona amada en lo que sería el primer amor. Pero eso estaba a años luz de distancia.

Mi abuelo Doroteo le dio a mi Amá ese lugar para que allí mi Apá pusiera unos horcones y unas láminas de cartón negro. El terreno era todo disparejo pues tenía tres paderones. Pero mi Apá siempre acomodaba el lugar donde vivíamos y en el primer paderón cupo una cama, en el segundo dos camas y en el tercero una mesa y la estufita de un quemador. El piso era tierra suelta pues el cemento estaba fuera de nuestras posibilidades. Los catres eran sin colchón pero mi Apá y yo le poníamos mecate y encima un petate. Se dormía bien. Mi abuelo repartió su terreno a sus hijos y a mi Amá le tocó un buen pedazo de tierra colindando con el zanjón que se llamaría calle Anáhuac. Me acuerdo que allí, oyendo la novela de Chucho El Roto, al caer a noche, echábamos los últimos pelotones de lodo a la casita de bajareque que mi Apá construyó mientras mi Amá nos esperaba con un plato de frijoles guisados para cenar. Mis hermanos ya estaban en chinga sentaditos en el suelo changándose los frijoles con tortillas de mano.

¿Quién sufrió más entre mi abuela Joaquina y mi Amá Reynalda con la tormenta de penas que cayeron sobre mi casa? No había pensado en eso hasta ahora. Mi abuela, como toda madre, sufrió al ver a su hija perder cuatro hijos que murieron por falta de recursos y por ignorancia; vio cómo su hija iba quedando inválida y vio como sus otros hijos le arrebataban a su yerno, mi Apá, un pequeño pedazo de tierra donde hacía su milpita. Es que era chante y no merecía que le tocara nada. Creo que mi Abuela sufrió mucho por eso y luego al ver a su hija, ahora, vivir e este tejabán, esta casucha, ya sentada en una silla, sin poder comprar una silla de ruedas y aún así hacer lo posible por guisar algo para los niños y mi apá. Creo que mi abuela sufrió mucho por eso. Mi Abuelo era un hombre rudo y ya había muerto.

Qué importa quién sufrió másAhora mismo estoy tragando grueso al recordar a mi amá contenta en su casa, en su terreno, ayudándome en las tareas mientras yo hacía unas enchiladas. Había quedado definitivamente invalida Se había repuesto de la pérdida de mi hermanito que ni siquiera alcanzó nombre pues murió de inmediato; de mi hermana Victoria que murió ya grandecita; de mi hermano Mario que murió por un piquete de alacrán y de mi hermana Sonia que murió por un lavado intestinal que le hizo una curandera. Como sea allí estaba mi jefecita en su silla llenando planas de ganchos (taquigrafía) mientras yo en la cocina terminaba las enchiladas después de haber barrido y lavado los trastes. Asaba el chile guajillo y lo remojaba y molía en el cajete. Después enrollaba las tortillas de máquina embarrándolas de chile y les ponía cebolla. Me iba con las enchiladas a chingarnoslas con mi amá y mis hermanos. Entonces podía irme a la Academia. Pero se vino otra avalancha de enfermedades y mi Amá tuvo que dividir su terrenito y vender una parte: nos pasamos a vivir a la cocina y la casa la vendimos para pagar médico y medicinas. N contenta la suerte, todavía la cosa se agravó y mi amá tuvo que vender también lo que era la cocina. Entonces tuvimos que mudarnos al tejabán de la casa de mi abuela y allí mi apá acondicionó esta casucha que pese a todo es la casa donde vivo y la quiero. Si, mi amá sufrió todo eso y en la bruma del recuerdo la veo desgarrarse el alma cuando veía a sus hijos que se los llevaban en una cajita blanca, con lazos blancos mientras otros niños iban tirando florecitas, rumbo al panteón. Mi amá quedaba en la casa de mi abuela llorando, sin poder acompañar a sus hijos en el camino a su última morada porque ya estaba invalida. Eso, mis amigos, eso es dolor. Perdón si ahora, a mis años, el sentimiento me gana y me pone a llorar.

Julita era comadre de mis padres. Tenía una Academia que se llamaba “Academia Comercial July”. Allí mi apá me consiguió ingreso sin pagar colegiatura y una máquina de escribir vieja que dio a componer. Setecientos pesos le costó en aquel tiempo y era una fortuna. Julita hizo una buena obra y me aceptó como estudiante a cambio de que en las noches, al terminar las clases, yo me quedara a hacer algún quehacercito. El Profesor Bolívar accedió también a darme clases de inglés sin cobrar. Incluso en el día de San Valentín se hizo intercambio y me dio una pelota. Pura gente buena. Me gustaba quedarme en las noches en la casa de Julita porque acostumbraban merendar con cafecito con lechita, pan y frijoles refritos untados en pan. Eso era fino comparado con lo que cenábamos en mi casa. Era lo mismo pues pero de otro modo: tortillas y frijoles. Allí platicaba Julita con su hermanita la maestra Consuelo y su papá Don Felipe. Este Felipe me regaló “Compendio de Historia Sagrada”, porque Don Felipe vendía libros religiosos. Antes de irme a mi casa, al día siguiente, le ayudaba a tender los libros en el corredor de a Academia.

Estudiar en la Academia Comercial July era una chingonería porque era el único lugar del pueblo donde se podía estudiar para tener ventaja al buscar trabajo. Lo que se enseñaba allí era taquimecanografía y allí iban los que ya no pensaban estudiar más sino dedicarse a trabajar en alguna oficina. Pero muchos de los que estudiaron allí, cuando ya trabajaron, volvieron a la escuela en forma y ahora son licenciados en algo. Algunos son hasta doctores. La taquigrafía se me ha olvidado por completo y en la mecanografía ya no uso la posición correcta de las manos. Eso se debe a que mis tareas de ganchos taquigráficos pues me los hacía mi amá y la máquina de escribir tardaba en ser compuesta solo para volverse a descomponer. Como sea, estuve en el examen final: se invitaba a los padres a presenciarlo. En años anteriores el examen se hacía en el Cine Álvarez y a los graduandos se les vendaban los ojos para que escribieran en la máquina sin ver el teclado. Era la prueba decisiva. A mi me tocó en la academia y ya no me vendaron los ojos. Qué bueno que mi apá se endeudo con el fotógrafo y tengo un recuerdo de ese examen.

Hace poco me encontré a Martín Hernández Valle y le pregunté los nombres de algunos compañeros de ese tiempo y sí se acordó. El rostro se nos iluminó mientras los nombrábamos: Nicolás, el de Alcholoa, Macrina de El Ciruelar, Amparo y Rosario de El Ticuí, Modesta, Licha, Néstor, Noelia, Vicky, Alfredo. Y muchos más que no escribo aquí por esa maña mía de no apuntar mis recuerdos y ahorita se me han ido. Pero sus rostros están allí, en la bruma de mis recuerdos. Para prepararnos para un desfile íbamos a marchar en la carretera a la sierra hasta donde está la calle Florida. De allí nos regresábamos. En ese tiempo, me acuerdo, me inquietaba una morenita, chinita ella, trompudita ella, de ojos bonitos ella, que así como que quería conmigo. Pero yo era chavalo. Mis amigos se burlaban y me decían, “Chava, se te clava la morena”. Yo les decía “si, púes” y ellos soltaban la carcajada. Pasaron muchos años para que yo comprendiera el albur.

Junto con Martín nos acordamos de cuando Juan José se suicidó. Ya estábamos en el mercado laboral cuando supe que Juan se había dado un balazo. Chingao. Juan acostumbraba cantar con la guitarra a una compañera que no le correspondía. También allí como que yo era el elegido. Sospecho eso porque mis amigos eran más favorables a Juan y me veía y decían “de por sí el cuche más feo se lleva la mejor mazorca” y todos asentían. Yo me sentía aludido y creo que desde allí como que me traumaron los cuches. En el futuro, mataré por lo menos uno cuando Zedillo visite Las Vigas.

Ahora estoy en esta piedra viendo el cielo estrellado y he bajado la mirada hacia el sur, donde esta el pueblo. Yo no lo sé pero algún día podré darle a mis padres una casa decente en donde vivir. Por ahora me voy a mi catre a ver el techo de cartón y seguir construyendo en los sueños un futuro que se estrellara cuando vivía la realidad. Eso será muy pronto: dice mi apá que habló con Puyo y me va a ayudar a entrar a laborar a Inmecafé. No sé muchas cosas y no intuyo que ese día iniciaré una aventura por el trabajo, la contabilidad, las mujeres, el orégano y el alcohol. Un mundo está por llegar.

Doña Reyna en su nueva casa.


domingo, febrero 12, 2012

BRONCA EN EL CANTA RIO

Los Eugenio

Siempre pensé que La Zuzuka estaba inspirada en el pueblo que está pasando San Jerónimo y resulta que no. Resulta que El Conde le puso así a esa canción inspirado en su moto, marca Zuzuki. Eso lo supe la tarde que estuve platicando con el Dr. Eugenio y su hermano Omar, los hijos del maestro Chon la tarde que me pasé oyendo música viejita de la región: Los Brillantes de Costa Grande, Los Caribe, Condesa Tropical, Sonidos Alegres (del Papayo). Cuántos recuerdos afloraron esa tarde mientras la aguja recorría los negros acetatos de Long Play (LP’s), con la basurita de fondo que da el polvo pero gozando el sentido de alerta que da el estar al pendiente del disco rayado: hay que pararse de inmediato a levantar la aguja y pasarla a la otra pista. La tecnología de ese tiempo estaba muy avanzada y teníamos un mecanismo para poner discos sencillos ( de 45). Había un tubo que se incrustaba en el eje y ese le permitía a los discos y aguja sincronizarse para dejar caer el siguiente disco y a la aguja volver a ponerse en las pista. Automático, se llamaba. Claro, con el tiempo se desgastaba y se venían de golpe y porrazo todos los disco que estaban pendientes sobre la aguja, Ocho se le ponían. Lo más seguro es que el disco que estaba hasta abajo quedara rayado.

a los Chey’s los conocí cuando se llamaban The Sheakes ( di sheiks). Vengo del buscador de gugol y lo traduce como “movimiento”. Quizá lo pensaron como “ritmo”. Sepa. Le digo al Dr. Sergio Eugenio que aproveche la generosidad del Mtro. Felipe y escriba algo sobre la historia de Los Chey. Está pendiente. Así sabremos si es verdad aquella leyenda urbana que dice que se llaman así porque el hijo de Enricón se emberrinchó y como los músicos que estaban ensayando eran seis, en su berrinche les dijo “chin su má los chei”.

Decía que los conocí a principios de los 70’s cuando sabían tocar en el zócalo. En el recuerdo estoy viendo ahora a Enrique con el micrófono en la mano cantando una balada y a un cuate en la batería que quiere destruirla con tanto chingadazo desaforado. Le veo muy saltones los ojos (¿le quemaría las barbas a Satanás?. Ese baterista es muy bueno y se llama Javier. Apaleaba los tambores con verdadera pasión. No, pero para pasión, la manera en que el flaco de los Chame’s requinteaba “Jugo de Uva”. Ahora lo veo a veces en una moto y lo precio mucho, El Conde, parece que le dicen. Cuando sea grande quiero ser como él. O mejor como Enrique cantando “El Palo de la Guayaba”. Recuerdo el ritmo de “Cacharifas ven, vamos a bailar esta cumbia, zanquita, que te va a gustar”. Esa cumbia se llama “Cacharifas, un mesero del Centro Canta Río, de San Jerónimo. En ese centro me puse pendejo con unas chelas y me puse a pelear a la maestra de inglés, Silvia. De pronto me vi rodeado de san jeronimenses que me querían partir la mandarina. De no ser por Miguel, el bajista de los Tigro hubiera recibido una madriza de aquéllas.

Es necesario, le digo a Sergio y a Omar, que se escriba sobre estos amigos. Tenemos a Los Tigros y a los Caribe y muchos etcéteras pero no pueden faltar los Chey. Grabaron un único disco pero es una maravilla. Si lo dudan, corran ahora mismo a buscar sus acetatos y escúchenlos. Si eso es imposible, vayan a You tube y alguna rola encontrarán.

Luego oímos a Los Relumbrosos, bueno, Los Brillantes de Costa Grande y nos deleitamos con la voz de Manuel Armenta. Yo me acordé de las borracheras que me ponía con Miguel, la bronca en Canta Río y terminamos hablando de “El Güero Guerinche” que Cortez compuso en un papel de estraza. “Se los regalo”, les dijo a los Caribe y estos se pusieron a ponerle ritmo y salió esa maravillosa cumbia con sabor a calabaza. Esta metáfora es de Sergio y se refiere al ritmo pegajoso de las trompetas que recuerdan al baile de “La Calabaza “que se baila en las bodas. Efraín Méndez estuvo presente en el recuerdo con la canción que le compuso a su hija Rubí. Qué bonita voz de este Efraín. Pero que inspiración la de Gonzalo Ramírez.

Fue una tarde maravillosa con Sergio y Omar, amigos que aprecian lo viejito. Y no es que estén viejos: Sergio es muy joven y Omar es más o menos de mi edad, un chamaco. Las canciones y las fotos son la máquina de que disponemos los humanos. Con ellas podemos echar marcha atrás, siempre al pasado y nunca al futuro. Ya no es extraño para mí que al estar con los ojos cerrados evocando recuerdos con las canciones viejas mis labios se estiren en una sonrisa. Sí, es seguro que una escena del pasado está en ese momento en mi mente. Al ser consciente de ello, no puedo más que darle gracias a la vida por tantas cosas que me ha tocado vivir. Creo que aún me falta mucho para entregar el equipo pero con lo vivido hasta hoy estoy satisfecho. Ahora me voy porque encontré un karaoke de Juanelo y voy a cantar “Espejismo”. Puras viejitas. Pero bonitas.